Elemento: Agua
Sentido: Oído
Cualidad: Purificación

El ruido de la cascada, la fuerza con la que cae, la espuma que desprende al romper contra el lecho del río, es un reflejo del amor en potencia, del amor como emoción suprema que a todas trasciende, que a todas integra en un flujo superior de entrega positiva a todo y a todos.
El ruido de la cascada destruye las emociones negativas haciéndonoslas ver como meros sueños transitorios sin poder alguno, como diminutas nubes negras que nada pueden hacer para ocultar la potencia del sol.
La cascada es el amor expresándose en su forma violenta, poderosa, en la forma que adopta cuando es necesaria la lucha. La cascada es la expresión del amor del guerrero que, mirando dentro de sí, enfrenta todas aquellas emociones dolorosas que le bloquean y no le permiten una libertad verdadera.
Toda emoción dolorosa tiene su origen en la infancia, cuando el cuerpo emocional se desarrolla y adquiere sus hábitos primarios, su estructura básica. Los bloqueos emocionales nos mantienen atrapados en un niño dolido, asustado, impidiéndonos desarrollar en la vida adulta relaciones saludables y creativas con otros individuos.
Mientras permanecen ciertos bloqueos, el niño interior proyecta su sufrimiento, sus necesidades afectivas insatisfechas, su inseguridad, su baja autoestima, en las personas que se va encontrando, sobretodo en las relaciones de pareja. Trata a la pareja como a su madre o su padre, tratando de resolver a través de ella todos los asuntos pendientes con sus progenitores.

Escuchando el ruido de la cascada, nos damos cuenta de que está en nuestras manos, de que tenemos el poder aquí y ahora de deshacernos de toda dependencia, de toda proyección para, a través de la fuerza del amor, despertar al adulto autosuficiente y, a través de su consciencia despierta, hablar con el niño herido, recordarlo, sanarlo, integrarlo y ayudarlo a perdonar.
Cuando estamos bloqueados, nuestras relaciones son un caos, pues se mezclan sentimientos del pasado con sentimientos actuales, proyecciones con realidades, de forma que uno ya no sabe qué ama, ni cómo, ni a quién. En las relaciones interpersonales, que tienen como vínculo las emociones de ambas personas, la confusión es el resultado inevitable si no tenemos ni adquirimos la suficiente fuerza para, despertando a nuestro guerrero interno, acudir al niño sufriente para sanarlo y ayudarlo realizando de esta forma la alquimia de nuestro cuerpo emocional rediseñándolo en dirección a una mayor comprensión y seguridad de nuestra propia valía, de nuestra capacidad de amar sin esperar nada a cambio, de nuestra autosuficiencia como niños ya liberados de los fantasmas paternos, como adultos realizados.
La cascada transmite al individuo atento la fuerza y el poderío que habitan en sí, su propia capacidad de despertar al guerrero que duerme en él para conquistar su propia autosuficiencia emocional que le permitirá, a su vez, una mayor capacidad de amar y, aunque pueda parecer contradictorio, una mayor apertura y capacidad de recibir el amor de los demás.
La cascada es amor manifestado, amor en su expresión guerrera, un amor que repercute en nuestra propia autoestima para dejar de dar poder a otros, para abandonar la dependencia que es causa de tanto sufrimiento, de tantos temores, de tanta cesión de la propia integridad, de la propia dignidad como persona, simplemente para conseguir un poquito de amor.
La cascada es amor por uno mismo, es destrucción de toda prisión emocional, de toda mendicidad. La cascada nos ayuda a recuperar el divino poder de dar y entregarnos a la pareja sin humillación ni dolor, sino desde la conciencia clara de nuestro ser que, siendo pura luz, puro amor, puede permitirse brindarse al otro sabiendo que, dando, no está perdiendo sino nutriéndose de poder, dignidad y estima por uno mismo y por el otro.
Cuando la cascada ruge, nuestro dolor ruge, y a través de la comprensión el dolor se convierte en ímpetu, en amor activo, en creatividad, confianza y belleza compartidas desde la abundancia, desde el desapego, desterrando la exigencia, la mendicidad y el sufrimiento de nuestras vidas, conquistando de nuevo la capacidad de estar enamorados sin perder por ello la conciencia de nuestra sagrada individualidad.
La cascada limpia, cura, despierta y sana la ofuscación emocional. Es vigor, belleza y dignidad. Es la expresión de nuestro guerrero interno que, lejos de ser nuestra verdadera identidad, es sólo una expresión del amor que somos, una expresión y posibilidad del amor que en ciertas circunstancias es necesario usar en toda su potencia para sanación de nuestras heridas y trascendencia hacia un nuevo nivel de expresión compartida.
Yo soy la cascada
fuerza rugiente, voz despertada
del guerrero que a todo puede
que nada teme, que todo ama
yo soy la feroz cascada
ruido interminable de miles de gotas
que explotando unas con otras
se cuelan en los recónditos rincones del corazón
para hacerlo revivir en todo su ardor
borrando las trabas, las inseguridades
despertando a aquel que a nadie necesita
que se ha deshecho de la infancia
integrándola en su ser
aceptando sus reprimidos temores
aquellos que no enfrentó al despojarse de sus padres
yo soy la cascada rugiente
que anula la dependencia
que revive al guerrero
que ya no necesita cobijo externo
pues lo halla en sí mismo
que no necesita del amor de nadie
pues él es fuente de amor
pues todo lo que recibió
ahora lo puede dar
yo soy la cascada
yo doy el coraje, la fuerza
para eliminar el dolor, los celos, los miedos
para que uno mismo se erija
como amo y señor de su vida
para que aquel que me escuche
comprenda que hay un tiempo para recibir
y otro tiempo para dar
y que es dando como uno recibe
pues al dar permite que la energía del amor fluya
mientras que tratando de mendigar
de agarrar, de buscar fuera de sí lo que él cree no tener
se cierra a la abundancia y al gozo
creando frustración y sufrimiento
para sí mismo y para los otros.
La Naturaleza habla, Luis Fernández de Villavicencio